En 1793, la Revolución Francesa se encontraba en grave peligro. Tras meses de inestabilidad, amenazada por revueltas en el interior del país y por ejércitos extranjeros que atacaban a Francia desde todas las fronteras, los Jacobinos dieron un golpe y se hicieron con el control del gobierno. Anteriormente, el 20 de septiembre de 1792 la primera asamblea elegida por sufragio universal masculino, la Convención Nacional, celebró su primera sesión. Acabó con la monarquía y preparó una Constitución profundamente democrática, aunque nunca llegó a aplicarse en la práctica debido al constante estado de excepción del estado francés en aquel trance histórico. A continuación sería proclamada la República Francesa.
Poco tiempo después sería adoptado el nuevo calendario republicano, diseñado para adaptar el calendario gregoriano al sistema decimal y acabar con todas las referencias religiosas. Es comprensible que bajo las nuevas circunstancias, el calendario, algo creado por un Papa, con cada día dedicado a uno o varios santos, y que seguía normas irracionales, con meses irregulares, semanas de siete días que no encajaban en los meses... fue pronto considerado algo que se tenía que reformar.

